El retorno de las “cletas”

Germán Parrilla Zurita.

Me acuerdo de don Julián… mi abuelo, siempre metido en su trajecito de dos piezas, y su singular sombrero de caballero, siempre bien puesto el Profesor Zurita. Eran los 80´s -en pleno golpe de Estado de Luis García Meza- y yo un chiquillo de 4 años que apenas llegaba a medir el tamaño de la llanta de su poderosa y monstruosa “Hércules” … ¡esa magnífica máquina rodante!

Don Julián, todos los días comenzaba su rutina de preparación con estricto afán, hasta llegar al momento más memorable de todos, montar esa magnífica “Cleta”, dominarla y tomar la estrecha calle, inicio de su rutinario recorrido de más de 5 kilómetros hasta llegar a su escuelita. Siempre me pregunté, ¿por qué este trayecto le tomaba más o menos dos horas de ida y casi tres de retorno?, considerando que -con su poderosa Hércules y buen pedaleo- se podía hacer el recorrido en no más de una hora. Es algo que me tomó entender a plenitud estos más de 40 años de existencia.

Sucede que la “Cleta Hércules” y don Julián eran cómplices cotidianos de una serie de compadreríos tejidos en muchos años de vecindad y evidenciados en el quehacer de su cotidianeidad, pues, mientras avanzaban en su lenta travesía saludando a uno y otro vecino, iban de parada en parada. La primera, a servirse la buena linaza de la comadre Rosa que desde muy temprano -llantucha extendida en la esquina de la cuadra- esperaba a todos los bicicleteros (que no eran pocos) y que tenían la necesidad de una buena dosis de energía o simplemente encontrarse para reconocerse, saludarse y seguir camino.

Luego, el mítico lustre; donde “El Brillo”, así lo llamaban al singular personaje que a la par de lustrar los zapatos fungía como el reportero de cuanta noticia novedosa se había generado en la ciudad, el tema del momento: el golpe y sus sombríos quehaceres, su escenario, su espacio; un rincón de la plazuela. La tercera parada, donde sus compadres los Alcócer, a unas cuadras de su destino, quienes en la puerta de su casa tenían “su venta”, ofrecían algunos frutos de su huerta acorde a la época y cierto tipo de misk´inchos, ese delicioso heladito de canela hervida con palo de caña hueca, confites con almendra o tostado de arveja, no faltaba el refresco de mocochinchi en balón, el puesto ubicado dentro la casa como queriendo salirse a la calle, donde transitaban peatones, ciclistas, mascotas y hasta automóviles (que en su mayoría pertenecían al servicio de transporte público), era una parada casi obligatoria de todos estos actores y el elixir de las pandillas infantiles que jugaban en los alrededores. Es así que no era sorprendente ver pasar al “Colectivo” (Papá del Micro), conducido por don Severino -de los primeros transportistas-, que paraba en el puesto sin interrumpir el tránsito de bicicletas, más bien como protegiendo su transitar por la calle, evitando cualquier contratiempo, no existía ni se precisaba algún tipo de señalización, marcación o elemento divisorio. 

Era espectacular ver cómo los pasajeros esperaban unos minutos que don Severino, el Colectivero, tome su mok´ola bien fría, se afane en saludar a cuantos transeúntes estaban ahí y hasta una manito de charla rápida con mi abuelo, comentando los sucesos del día para luego subir a su máquina y retomar camino. Así transcurría la vida cotidiana en las calles de nuestra ciudad.

Pues bien, este relato casi novelesco, no tiene tal intención, y antes de ser etiquetado (por no decir vilmente acribillado por la sutil crítica k´ochala), como retrógrada romántico, patrimonialista exacerbado o anti desarrollista urbano, debo acentuar que de lo que vengo escribiendo es de la calidad en la producción del espacio público. ¡Sí…. Producción! porque su consolidación obedece a un proceso; se lo concibe, se lo apropia, se lo genera en función a las necesidades, las aspiraciones, las interrelaciones sociales, los consensos y, finalmente, el producto; el espacio en sí, con un alto componente simbólico de “lo público” de la propiedad y responsabilidad colectiva; en sus usos, sus transformaciones y, principalmente, su evolución en el tiempo. Pues la calle era así, siempre el escenario principal de nuestras relaciones sociales, siempre el espacio articulador de nuestros vecindarios.

Hoy vemos las calles en total pugna, ese espacio de “lo público” del consenso, del encuentro, se ha convertido en escenario de disputas de conflictividad en las relaciones entre sus actores, de violentas formas de toma de poder; transeúntes peatones violentados en su recorrido por comerciantes que arman su “bunquer”, obstaculizando hasta su propia circulación; ciclistas atemorizados zigzaguean su suerte para no ser embestidos tanto por automotores privados como del transporte público; choferes enloquecidos y embrutecidos asumen la calle como su propiedad, en fin insultos van y vuelven, actos atentatorios de unos contra otros, accidentes, etc.  

La calle ha dejado de ser un espacio de producción social de calidad, de consensos, de empatías y vecindad, ha pasado a ser un elemento totalmente funcional de un trazo urbano, donde ya no existen vecinos, ciudadanos, mucho menos compadres, sino desenfrenados competidores de su uso.

Vemos en la actual situación -por el temerario COVID-19- un afán por implementar ciclorrutas en la ciudad, ¡bienvenidas sean! Que sea el mejor motivo para retomar también la producción colectiva del espacio público. Queremos ver de nuevo esas majestuosas Hércules, esas pintorescas Caloi, las BMX, los triciclos, monopatines, montañeras y demás transitando por nuestras calles. Pero, principalmente, que el retorno de las “CLETAS” sea también el retorno de los saludos, de la empatía, del compadrerío, del respeto mutuo, el retorno de la vecindad.

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