Del miedo a las calles a habitarlas como un derecho feminista, en bici

Alba L. Gareca Cruz.

Tenía 11 años cuando en el colegio comenzaron las “tareas en grupo”, por lo que debía salir algunas mañanas a casa de compañeras o compañeros, siendo necesario caminar un par de cuadras para tomar el transporte público.

Fue en ese escenario, las calles de mi ciudad y los minibuses, donde siendo niña me enfrentaría por primera vez a la violencia machista. No entraré en detalles morbosos, pero si haré énfasis en algo que trato de visibilizar siempre:  todas las mujeres hemos sufrido agresiones sexuales (tocamientos impúdicos, “metidas de mano”) en las calles y el transporte público desde muy pequeñas, pero el miedo y la vergüenza (erróneamente impuestas en nosotras) nos impide expresarlo, incluso ya pasados los años. 

Al tipo del minibus lo recuerdo bien, tenía más de 25 años, llevaba un maletín, e insistió que yo pasase al asiento del fondo. Al subir y bajar del minibús tuve que sentir el asco más profundo y el autosilencio impuesto.

Muchos episodios como esos se repitieron una y otra vez en mi vida. En una flota de viaje Tarija – Sucre, a los 19 años, viajaba un hombre a mi lado que llegó a meter su mano dentro de mi pantalón mientras dormía. Me desperté y lloré, pedí ayuda sin explicar razones y lo cambiaron de asiento. Algunas mujeres me cuestionaron indicando que “confundí el hecho y seguramente el quería robarme”, como si yo no pudiera diferenciar entre mi morral y mis calzones. El sujeto se bajó con un grupo de hombres en Potosí… días después me dirigí a la empresa de transporte y descubrí que era policía y los otros, sus camaradas.

Y después de muchos años, de varios barrios, calles, rutas; las mujeres aprendemos ese otro lenguaje para “sobrevivir”: el de los horarios para transitar, el de las calles oscuras a evadir o aquellas donde existen hombres ya conocidos por nosotras, dueños de las aceras, de las calzadas, agresores comunes que desde talleres, construcciones, negocios, domicilios, etc., ejercen dominio pleno, acoso y agresión. Las mujeres aprendemos también a no vestir de determinada manera, para no “llamar la atención”. Nuestros vestuarios dependen no solo del destino, sino sobre todo del trayecto recorrido. Y en el transporte público nos negamos a ocupar el asiento del fondo, el de la ventanilla que tiene compañía, o no subimos al bus si está únicamente ocupado por varones. Incluso el taxi por las noches y madrugadas se vuelve seguro si el chófer está acompañado por su esposa o concubina. También aprendemos lenguaje de señas, para tratar al menos de expresar en las calles y de alguna manera nuestras molestias y disconformidad a ser tratadas como carne y mercancía. Y al fin de cuentas, las calles nos son negadas, dejamos de ocuparlas y tratamos de escabullirnos por ellas sin hacer ruido, sin hacer presencia, cual venado que transita por territorio de jaguar, porque en la calle somos eso: una presa. ¿No es acaso una frase muy usada entre las féminas el “avisa cuando llegues”?

Desde hace cuatro años descubrí el poder que me otorga el medio de transporte que he elegido como mi herramienta feminista; ahora soy “activista ciclista urbana ecofeminista”. Mis recorridos diarios son múltiples y dinámicos. Pero ahora sí puedo afirmar que habito la ciudad, ocupo las calles con alegría y rebeldía; he dejado atrás a esa niña sumisa, para convertirme en una mujer irreverente con las violencias machistas. Aún sigo escuchando los gritos y el acoso en las calles, pero la velocidad de mi medio de transporte me permite alejarme de ellos casi siempre airosa. O plantarme en el medio de la calzada para escrachar al agresor, ponerlo en evidencia. Pienso que el chasis de La Panoseña, mi bicicleta, es mi escudo protector, y con ella me basta para ponerme al frente y encarar, gritar, hacerme escuchar… ¿De cuántas agresiones me hubiera “salvado” si hubiera sido autónoma al transportarme desde niña? 

Dicen los estudios urbanistas, que “el mejor indicador de la seguridad de las ciudades es la cantidad de mujeres que transitan sus calles en bicicleta”, y ya lo vemos. Según un estudio del BID realizado en varias ciudades de Latinoamérica incluyendo Cochabamba y La Paz, es en nuestras ciudades donde se registran porcentualmente los índices más bajos de mujeres en bici, y es precisamente nuestro país el que tiene los índices más altos de violencias machistas en Sudamérica.

Recuerdo la primera rodada colectiva por mi ciudad hace cuatro años, cuando una compañera iba por delante: al ingresar a la rotonda estiró el brazo izquierdo y sin titubear cambió de carril para poder girar, igual que un vehículo. Con esa simple señal ejerció su derecho a transitar las calles en medio de un sin fin de vehículos motorizados y en hora pico. Amé esa escena, en medio de la violencia vial y machista, ella conocía sus derechos y los ejercía en condiciones de libertad. Susan Anthony, activista por los derechos de la mujer del siglo XIX, declaró que la bicicleta había hecho “más por la emancipación de las mujeres que ninguna otra cosa en el mundo”, ¡cuanta razón tenía!

Tras asistir al Foro Mundial de la Bicicleta en Ecuador el 2019, es que pude comprender los increíbles esfuerzos de las activistas feministas ciclistas en diferentes territorios. En esos espacios físicos, y ahora virtuales, se plantean y resignifican nuevas  concepciones  del “derecho  a  la  ciudad” (Lefevre). Son varias geógrafas feministas y urbanistas (Tovi Fenster, Ana Falú, Shelley Buckingham) que plantean el enfoque de género para el diseño, planificación y transporte urbano. Pero son las activistas desde sus territorios, desde sus realidades, que intervienen en las agendas de políticas públicas, las cuestionan y proponen acciones para que el espacio público sea democrático, justo, equitativo y libre de violencia.

¿Por qué soy ciclista feminista? Porque en esta sociedad de terribles inequidades con altos índices de violencia contra las niñas y mujeres, la bici me acompaña en la lucha diaria por la ocupación de mi territorio, me proporciona libertad, autonomía, felicidad y sobre todo me ha permitido crear comunidad entre mujeres ciclistas bolivianas (“Mujeres en Bici Bolivia” como colectividad fue creada en pandemia con la representación de siete departamentos de Bolivia) y acompañarnos desde nuestras experiencias individuales, comunitarias y territoriales. Nos llena de ilusión pensar en un mañana con niñas, jóvenes y adultas pedaleando seguras por las calles, ocupando sus ciudades, habitando sus comunidades. Es una lucha que  haremos juntas y desde nuestras aliadas: las bicicletas.

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